Partamos de la base de que la felicidad personal es un
equilibrio emocional. Donde entran en juego emociones complejas como la
tranquilidad, la motivación o la rutina.
Un total de infinitas emociones que, al
necesitar un equilibrio, se han de asociar por parejas antagónicas, y así surge
la tristeza desde la alegría, el valor desde el temor, o la dignidad desde la
indignación.
Encontramos además, otras emociones complejas y esenciales para la
felicidad y la supervivencia personal como, la humildad, la protesta, la
disculpa, el agradecimiento, la compasión, la empatía, la insinuación; y es aquí
donde se rompe la rueda de la felicidad personal sin ayuda externa.
Sí que es
verdad que uno mismo es autosuficiente para una autoestima inicial, donde
podemos marcar nuestros propios ritmos de trabajo y de soledad. Aunque, una
autonomía emocional en una especie con género bien definido, masculino y
femenino, es evidente que, tarde o temprano, genera una alteración patológica,
que desequilibra la felicidad personal de valores emocionales, tanto en una
persona, como en ocho mil millones.
Porque, el amor, no es otra cosa que, la
felicidad compartida. Un equilibrio tan frágil como el ecosistema de un gran
planeta.
Principito, planeta Tierra

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